Cuando se habla de ciberseguridad en familia, se suele distinguir entre menores y mayores de 14 años. El por qué de esa diferenciación es clara: al margen del distinto grado de madurez que presentan los menores y que requiere una atención mayor por parte de adultos responsables, el hecho diferencial es que precisamente esa edad, los 14 años, es la edad mínima legal para que un menor pueda prestar consentimiento sobre sus datos personales.

Es, además, y por esa misma razón, la edad mínima legal para tener cuentas en redes sociales, cuentas de correo electrónico, etc.

Sin embargo, la realidad es bien distinta con cifras demoledoras: el 16% de niños menores de 10 años tiene un smartphone y un 22% de ellos ya usan redes sociales.

Lo lógico sería pensar entonces que, en esas edades, los padres de esos menores estarán más pendientes de lo que hacen con el móvil, les acompañarán en el descubrimiento del mundo digital y orientarán sobre lo que deben/pueden hacer o no. En el fondo, y por ser menores de esos 14 años, son responsables legalmente de cualquier cosa que hagan en la red.

Sin embargo, la realidad vuelve a ser muy distinta de ese escenario ideal y nos cansamos de ver niños muy pequeños (incluso en sillita de bebé) embobados con smatphones o tablets para que sus padres puedan “relajarse” en el sofá o con sus amigos.

Los peligros y riesgos a los que se enfrenta un menor con un dispositivo conectado a la red 24 horas son enormes y para nada despreciables. Al margen del componente adictivo que puede suponerle al menor trastornos de personalidad importantes, déficit de atención o falta de rendimiento académico, existen numerosos riesgos, incluso más graves, a los que pueden estar expuestos si no prestamos una mínima atención.

La red está plagada de contenidos potencialmente dañinos para los menores, con multitud de páginas y canales de vídeo que incitan al odio, a la xenofobia, que fomentan la bulimia o la anorexia… Está llena de canales de juego online en cuyos chats se pueden esconder desde ciberdelincuentes que les ofrezcan dinero para jugar para luego extorsionarles hasta depredadores sexuales camuflados en los chats online de juegos y comunidades infantiles.

Y todo ello mientras el menor está “tranquilamente” jugando con su móvil o su tablet en su sillita mientras los padres se toman una cerveza con los amigos.

Evidentemente esta dista mucho de ser la situación ideal. Si, cuando hablamos de ciberseguridad para menores (en general), se aboga por el acompañamiento y la implicación en la navegación con ellos, con mucho mayor motivo debemos hacerlo en estas edades.

La concienciación empieza en casa: pautas para una buena ciberseguridad en familia

Ese acompañamiento en sus inicios en el mundo digital debe ir apoyado, además, por otra serie de apoyos para minimizar en lo posible los riesgos:

En primer lugar, deberíamos predicar con el ejemplo. Los niños aprenden por imitación, y si nosotros estamos permanentemente colgados del WhatsApp, el Candy Crush de turno o Instagram, difícilmente respetarán ellos limitaciones en cuanto al tiempo de uso del móvil.

Debemos saber explicarles la importancia de la privacidad de sus datos y su información personal y el riesgo que puede suponer ir publicándola sin ningún tipo de control.

Configurar con ellos su smartphone, sus redes sociales y sus juegos de manera que adquieran conciencia de la importancia de la privacidad y la configuración del alcance de sus publicaciones así como de la necesidad de utilizar contraseñas fuertes.

Del mismo modo que cuando van a jugar al parque les preguntamos con quién van o con qué amigos han estado, debemos saber qué es lo que hacen en la red; si tienen redes sociales y cuáles; si juegan online; … Debemos normalizar e integrar su vida digital del mismo modo que hacemos con la vida real.

Los 14 años suponen un cambio importante en el desarrollo y mentalidad de los menores. Por debajo de esa edad son especialmente vulnerables y, por lo tanto, deberíamos esmerarnos en su protección y cuidado. También en su vida digital.

Septiembre-octubre 2019