Por Lucina Jiménez: Doctora en ciencias antropológicas por la UAM-I. especialista en políticas culturales y cultura de paz. Miembro del grupo de expertos de la agenda 21 de la cultura (CGLU). fundadora de CONARTE AC. actualmente directora general del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, Secretaría de Cultura, México.

La naturaleza reclamó su reino. El planeta, con su avanzado calentamiento global sacudió a la humanidad hasta detener el frenético ritmo de millones de personas. La sociedad global pensada para la producción y el consumo de pronto tuvo que trabajar para dejar de hacer, para entrar en un tiempo lento o de inactividad. El virus COVID-19, nacido en un mercado de venta ilegal de especies animales, se volvió pandemia. ¿Qué de este sentido del tiempo permanecerá después? Es algo a reflexionar, ya que el eje de toda cultura es la relación tiempo y espacio. Bajo el manto del desconcierto y en la incredulidad, a través de una tupida red de redes sociales, con noticias ciertas y otras inventadas, se generó un estado de alerta y en ocasiones, una incontenible histeria social y estrés en el encierro.

También se abrió la posibilidad de revalorar el silencio y volver a la familia, aunque se viva la tensión de una convivencia, enmarañada con realidades de violencia especialmente hacia las mujeres, las niñas, las adolescentes y los jóvenes. Recuperar la emocionalidad y el sentido de vida y contribuir a los derechos de las mujeres a una vida sin violencia será fundamental para el sector cultural, el cual deberá trabajar más cercanamente con otros sectores, una vez pasada esta crisis global. El virus con alto nivel de contagio puso en riesgo a personas con movilidad internacional, luego, avanzó en lo nacional y local, rompiendo la proximidad comunitaria. Definir las nuevas bases de la movilidad mundial ocupará su tiempo. El riesgo es que el miedo y la incertidumbre restrinjan sus posibilidades. Habrá que romper estereotipos, ser del oriente, italiano, estadounidense o extranjero en general, parece despertar desconfianza. La comunicación no fluye de la misma manera en las lenguas indígenas en muchos países. Luego del confinamiento, es de esperarse que el sentido festivo de las culturas, ahora contenidas, recuperen la calle, el espacio público y se revalore la implicación de los cuerpos como territorio emocional y cultural. Sin embargo, no será nada fácil.

El acceso al conocimiento científico-técnico y la posibilidad de traerlo hacia la vida cotidiana, se puso en tensión. Un nuevo lenguaje se posicionó a través de los medios: “sospechosos de contagio”, “positivos”, “aplanar la curva”, “asintomático”, entre otros tecnicismos que hoy son parte de una cotidianidad que no sale de su azoro. Los riesgos de colapso de los sistemas de salud nos obligan a repensar las nociones de salud desde el punto de vista de la diversidad, las culturas alimentarias y del conocimiento tradicional de los pueblos, los cuales hoy no están tan presentes en la narrativa de la pandemia. Ellos siguen trabajando, “hasta que se pueda”, señala una mujer que siembra maíz criollo en México. El proceso aún no termina, se vive de manera diferenciada entre países, lo que ha permitido que unos aprendan de otros. Por supuesto, las desigualdades entre naciones y a su interior, salen a relucir. La cooperación cultural internacional es vital, sobre todo para la reconstrucción económica, la salud, la gestión del agua y la diplomacia cultural, pero el mundo tendrá que replantear sus metas aún en el marco de la Agenda 20-30. Mientras los hospitales avanzan en su reconversión para atender las etapas más críticas del COVID-19, los sectores culturales de países y ciudades hacen su reingeniería hacia la virtualidad. Aprovechan contenidos, producen, convocan, comunican. Bibliotecas digitales están al alcance, para quienes tienen un teléfono inteligente o una computadora en casa. Empresas globales abren sus portales de manera gratuita por determinado tiempo. Recorridos virtuales de museos, conciertos colectivos o individuales, conferencias live, talleres, lecturas y muchos otros formatos son las ventanas de acceso al mundo.

Las plataformas tecnológicas aparecen como los nuevos escenarios donde la cifra de audiencia tiene un sentido totalmente diferente. Muchos creadores abrieron o ampliaron sus canales en sentido colectivo digitalmente. Hay nuevas composiciones, clases, videopoemas, video conciertos. Emotivas experiencias artísticas se han compartido miles de veces en muchos lugares del mundo. Si hoy la cultura y las artes son un recurso básico de conexión con el mundo, sería deseable su revaloración como sector estratégico y se fortalezca una visión de derechos culturales en un sentido de bienestar. Sin embargo, los retos serán grandes y se hará necesario repensar las prioridades, además de la perspectiva económica de la virtualidad. La crisis que ocasiona el cierre de centros artísticos y culturales, museos, galerías, teatros y otras infraestructuras, renuevan la urgencia de replantear el sector desde su sostenibilidad, no sólo como campo de gasto corriente. Las medidas de emergencia de las instancias culturales gubernamentales aparecen, acordes a las circunstancias de cada país o ciudad. Las soluciones estratégicas suponen cambios estructurales a los sistemas culturales y su perspectiva de inversión sostenible. La reducción de la vida económica, traerá también lentitud en la recuperación de la vida cultural y la producción artística. Habrá que pensar rápido como frenar la descapitalización del sector y fortalecer la colaboración. La reflexión estética avanza en varias disciplinas artísticas. En otras apenas se busca la conexión del arte con ámbitos productivos para paliar la crisis. ¿Dónde se hace un actor, una actriz, acaso la teatralidad se construye desde la energía desbordada del escenario o encerrado en tu casa, a través de una pantalla? ¿Qué de esto se volverá parte de los escenarios culturales de las sociedades post COVID-19? Difícil saberlo.

El capitalismo no perdona. El algoritmo se reprograma para empezar a promover descuentos en hospitales, o herramientas de oficina en casa. El envenenamiento mediático y el oportunismo político tampoco ceden. Estamos frente a una recomposición global del mundo, la cual habremos de conocer hasta concluida la crisis. No perdamos de vista los pasos de los países asiáticos. En América Latina somos sociedades de memoria, de tradición oral, pero también creativas y diversas. Es deseable que los grupos sociales profundicen los aprendizajes tecnológicos que ahora son parte de la resiliencia, y que se hagan cargo de dotarlos de contenidos de sus diversas experiencias, que las instituciones culturales no renuncien a la virtualidad construida en la emergencia y la conviertan en una forma constante de interacción social y aprovechen la reconexión social y con los sectores artísticos para repensar los ecosistemas vigentes a partir del diálogo constructivo. Vamos a vivir una reconversión global de las maneras de producir, de exhibir y de disfrutar el arte y la cultura. Si la economía de la cultura a nivel global adquiere un ritmo menos frenético, no sólo por la vulnerabilidad de cada sector cultural, sino porque la globalización implicará nuevos pactos, las políticas culturales de los países y de las ciudades habrán de encontrar sus propias maneras de rediseñarse. Intentemos no regresar a una “normalidad” que hacía aguas por todas partes, y luchemos con renovada consciencia para que sea reemplazada por una visión de derechos culturales en un sentido de bienestar.

Julio-agosto 2020