Por Jorge A. Lumbreras Castro Lun

Honor y gloria para nuestros caídos, vergüenza e ignominia para los asesinos

En el estado de Jalisco elementos de las policías municipales, estatal, y federal así como soldados de nuestras fuerzas armadas fueron asesinados en distintos eventos,  hace ya 14 años que un cártel de las drogas tiene presencia en esa entidad, y sus métodos han cobrado la vida de personas honorables, leales, valientes y dispuestas al máximo sacrificio por nuestras familias, seguridad  e instituciones.

Son ya decenas de familias de hombres de honor las que viven la pérdida de un ser querido, ahí están las viudas, los huérfanos y la tragedia familiar y comunitaria que genera la delincuencia organizada. Los testimonios de esposas, hijos, hermanos, tíos, padres y madres están a la vista de la sociedad, y en cada testimonio además del dolor y la pérdida también están el orgullo, la determinación y la convicción de que sus familiares sirvieron a la patria con honor y con lealtad. Para quienes viven para servir el concepto de derrota no existe.

En varios eventos donde perdieron la vida elementos de nuestro Ejército y de la Gendarmería Nacional así como policías del estado de Jalisco se utilizó una técnica conocida como “emboscada”, se les atacó con superioridad numérica,  se utilizaron armas propias de guerras convencionales, incluyendo granadas, con disparos desde diferentes posiciones, sin que nuestros policías y soldados tuviesen ninguna oportunidad de defenderse. En otras palabras, se les atacó con ventaja, y al parecer con la inteligencia necesaria para saber dónde estarían a fin de disponer de posiciones preestablecidas cerrándoles el paso. Lo que preocupa es que por lo menos hay indicios de explotación de inteligencia, adiestramiento y capacidad de conducción en los ataques contra quienes protegen a la sociedad.

Trate de imaginar a un grupo de personas preparándose para atacar a una escuadra militar o de policías, piense en lo que se necesita para generar la logística necesaria, imagine el armamento del que deben disponer para actuar bajo la lógica de aniquilar un objetivo militar o policial, suponga el nivel de información del que deben disponer para saber dónde estarán y a qué hora, y ahora trate de imaginar el desplazamiento, la preparación, y la fijación de posiciones para disparar arteramente contra personas que no podrán defenderse. Esto le dará un cuadro para considerar que disponen de medios financieros, armas, información, táctica y conducción para moverse en un territorio, y con ello, desafiar a nuestras instituciones.

Esa es la realidad que se tiene en algunos puntos del estado de Jalisco y en otros del país, esa es la realidad con que tienen que salir a misiones los elementos del Ejército Mexicano, de la Marina Armada de México, la Gendarmería Nacional y las policías estatales y municipales; sin embargo, el problema se mantiene en medio de una situación paradójica, si se actúa de manera frontal contra estos grupos es probable que se generen graves críticas en distintos espacios sociales y políticos, como ya ocurre de forma sistemática, y si no se actúa la hiedra avanza pero en relativo silencio, cobrando de cualquier forma la vida de soldados y policías advirtiendo que actuar con mayor determinación también tendrá mayores costos. En otras palabras, administrar el conflicto se convierte en la opción para contener por lo menos en el imaginario público la ofensiva y control de estos grupos de delincuentes.

En los últimos años se presencia en medios de comunicación que cuando las Fuerzas Armadas cometen algún error o exceso operativo este se expone en las primeras planas y medios electrónicos y digitales en medio de las más acres críticas, y si bien a los elementos se les lleva a juicio al seno de la severa justicia militar y de las policías, cada error y falta a la disciplina se recuerda a la menor oportunidad con acentos y adjetivos de todo tipo; sin embargo, los asesinatos de policías y militares parecieran a veces no tener la mayor relevancia en distintos grupos, organizaciones e incluso en algunos medios de comunicación.

La pregunta que se hacen los familiares de los caídos en servicio es dónde están todos esos defensores de la seguridad y la justicia cuando asesinan a traición y de manera artera a nuestros mejores elementos.

La realidad es que estos grupos de delincuentes están vulnerando la seguridad interior de nuestro país, enriqueciéndose a costa de la ciudadanía, masacrando a mansalva a mujeres y hombres de honor, y consolidándose como un nuevo grupo social en distintos puntos del país, tratando de confundirse con la sociedad y vistiéndose de empresarios, inversionistas y gente decente, y por decente solo se entiende aquí como trabajar en una profesión u oficio lícito para ganarse el sustento y la comida de una familia.  El problema también está en la representación que algunos programas de televisión y digitales han construido de la vida de estas lacras sociales, presentándolos como si fuesen algún ejemplo a seguir, atribuyéndoles cualidades y capacidades extraordinarias, cuando precisamente de eso es de lo que carecen.

Sin embargo, es necesario señalar que estos grupos no representan un riesgo a la seguridad nacional, México dispone como Estado de los medios y recursos para terminar con cualquier cártel en semanas,  pero hacerlo además de la acción de la fuerza supone la inteligencia de la política y el apoyo de la sociedad civil; sin consensos básicos en democracia sobre lo que se quiere hacer en seguridad pública, interior, nacional o humana no será posible enfrentar ni hoy ni mañana a quienes nos dañan; sin la fuerza del consenso pluralista es  improbable someter al imperio de la ley a quienes solo tienen una línea de mando e intereses propios.

Los policías y militares caídos en servicio no están aquí, pero nos legaron su memoria, su ejemplo y su determinación, son nuestros verdaderos héroes; ellas y ellos lo dieron todo por proteger y servir a la sociedad y por actuar con honor, valor y patriotismo. Hay gloria en su memoria, hay respeto, aprecio y reconocimiento de la mayoría de las mexicanas y mexicanos, y sin duda unanimidad en el hecho mismo de que su pérdida debe significar  un mejor estado de vida para cada persona en nuestro país.

En cuanto a los asesinos habrá que decirles, aunque sea difícil que lo entiendan, que embarga de vergüenza a la nación tener entre sus hijos a  semejantes cobardes, que ensombrece a la patria ver cómo hombres y mujeres capaces se someten a la ambición y el homicidio de sus hermanas y hermanos, que da tristeza la vileza de su actuar, y que nunca habrá honor y gloria en sus actos. Esperamos con esperanza no hereden la tristeza de su memoria a sus familias, y que sus hijos e hijas se distancien de la ignominiosa herencia que les dejan, y logren trascenderlos para ser mejores.

Marzo-abril 2018